En el marco de las entrevistas realizadas a actores claves del mundo académico, FEDUBA entrevistó a Eduardo Rinesi, actual Director del Instituto del Desarrollo Humano de la UNGS, candidato a Rector de la misma universidad y docente de la Facultad de Ciencias Sociales, UBA. (producción Alelí Jait).

¿Qué le aporta la universidad a la política argentina actual?

Me parece que la universidad le aporta, o puede, o podría aportarle a la política dos tipos de cosas. Por un lado, cuadros profesionales, técnicos, académicos: especialistas capaces de actuar en el Estado o en la vida política en general como conocedores de una gran cantidad de problemas diversos. Por otro lado, la universidad puede y debería tratar de contribuir a que la sociedad y sus políticos consigan plantear del mejor modo los grandes debates de ideas que es necesario sostener. Esto supone una idea de universidad con una fuerte vida intelectual, entendiendo por vida intelectual algo diferente –no necesariamente antagónico, pero sin duda diferente– a la vida académica. No sé si hubo muchos momentos de la historia argentina en los que la universidad haya contribuido a diseñar estos grandes debates. Éste es sin duda un momento interesante para que lo haga, aunque por cierto nos las tenemos que ver con un cierto tipo de vida académica, surgido posiblemente durante los ‘90 y consolidado después, que hace muy difícil que la universidad desarrolle esa misión de intervención pública que a mí me gustaría verle desplegar. La universidad hoy produce especialistas en diversas áreas, produce expertos y técnicos sumamente competentes, produce profesionales muy adecuados para desempeñarse en distintas zonas del mundo del trabajo, pero no estoy seguro de que un espíritu de discusión pública sea el que anima la mayor parte de sus actividades. La actividad universitaria, en lo que tiene de más académica, en lo que tiene de más respetuosa de ciertas normas y reglas de juego que tienden a imponerse por vía de las agencias de financiamiento, de las políticas de investigación y de posgrado, tiende a promover más bien todo lo contrario: una hiper especialización bastante desalentadora, y un impacto público-político escaso o nulo.

 

¿Qué debería cambiar para que ese impacto no sea nulo?

Tal vez la orientación de los estímulos y los incentivos, los modos de pensarse las carreras académicas, los modos de ponderarse los valores relativos de las distintas actividades que desarrollamos. Pero sobre todo el valor que le otorgamos –y no sólo en la Universidad– a las discusiones público-políticas de ideas y proyectos. Hoy la universidad no se plantea centralmente el desafío de hacer aportes relevantes a esas discusiones, es cierto. Pero también lo es que la propia vida política tiende a prescindir de ellas y a desplegarse, ella también, como una práctica profesional experta…

 

¿Cómo debería ser la función del intelectual en el espacio público?

Siempre le temo un poco a esta pregunta, porque cuando uno se pone a responderla corre el riesgo de ponerse un poquito normativo: “La función del intelectual es…”, “los intelectuales deberían…” Qué sé yo qué deberían los intelectuales. Lo que sí uno puede hacer es constatar algunos momentos en la historia en que ciertos grupos intelectuales jugaron un papel significativo. No sé: mayo, la generación del ‘37, los años 60 del siglo pasado… Pero no sé si el intelectual tiene “funciones”. Pienso ahora en Gramsci: él creía que sí. Que los intelectuales tenían “funciones”. En Los intelectuales y la organización de la cultura hay una preocupación descriptiva por cómo funcionan las cosas (los intelectuales de las clases dominantes hacen esto y aquello) y una preocupación prescriptiva por cómo deberían funcionar (los intelectuales que necesitamos para hacer la revolución tienen que explicarle al pueblo tales y cuales cosas…). Tal vez no haya que hablar de la función de los intelectuales. O mejor: tal vez haya que pensar que la función de los intelectuales no es una función que éstos tengan en tanto que intelectuales, sino una que tienen en tanto que ciudadanos. Que los intelectuales (sea como sea que definamos a los miembros de ese raro grupo) tienen una misión, o mejor todavía, un desafío, que es el de contribuir a amplificar –en la medida en que ayuden a hacerlo sus específicos saberes y competencias– el espacio público de los debates y las discusiones. Ahí tenemos un problema hoy en Argentina. Hay un espacio público de debates que es muy acotado, muy massmediatizado, muy empobrecido. Ahí yo creo que hay lo que llamaría una “misión ciudadana” de los intelectuales, que es la de tratar de ampliar esos espacios de discusión, de crítica y también de legitimación, en el debate y por medio del debate, de estas o aquellas líneas de acción política. Creo que nadie piensa ya hoy que los intelectuales deban ser nada parecido a “faros que iluminen el camino”, pero a lo mejor uno podría pensarlos todavía como un conjunto de tipos que, laboriosamente y a pura prepotencia de argumentos, ayuden a volver más democrática y mejor nuestra vida pública.

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